Castillo de San Antón – CASTRO URDIALES

A lo largo del siglo XIV, sobre una peña aventajada que ofrece unas vistas envidiables de la región, se construyó una pequeña fortaleza o torre que dominaba el territorio, y que ha sido tradicionalmente conocida por los castreños, merced a creencias legendarias, como «Los Templarios». Las pesquisas parecen indicar que el castillo se edificó en el emplazamiento de una ermita anterior dedicada a San Antón, un culto muy vinculado al cuidado de enfermos en el camino de Santiago.

No podemos saber mucho más porque apenas existe documentación. Además, el castillo de San Antón está desapareciendo velozmente por el desinterés de las autoridades locales y la continua expoliación de su sillería (de gran calidad) por parte de los aldeanos de pedanías cercanas. El caso es especialmente sangrante cuando comprobamos que estamos ante un BIC, es decir, un elemento patrimonial jurídicamente protegido pero en la práctica abandonado, hasta el punto de que es difícil advertir la existencia de un castillo, si no fuese por fotos antiguas en las que se aprecia aún su forma.

Visitar el castillo de san Antón es una buena excusa para darse un paseo muy ameno por el monte, de unos 40-50 minutos si se parte del centro del pueblo de Castro Urdiales. La ruta no es complicada: basta con subir hasta el camping de Castro y, en lugar de entrar, seguir hacia la izquierda por una cuesta asfaltada que conduce al monte, y permanecer en esa senda; cuando se vuelve camino de tierra, seguir de frente. Este sendero te llevará por unas laderas de pastos y rebaños, donde se disfrutan vistas estupendas del mar y la costa desde una posición privilegiada, y después se adentra en el bosque. La ruinas se harán ya visibles.

Para los que tengan tiempo y ganas, el monte Cerredo queda a una hora más arriba subiendo por la cuesta empinada que se ve desde San Antón, pero esa ruta la describiré en otra entrada.

Visiones del pasado, cuando el castillo aún podía distinguirse bien…

De la misma época, o de época anterior a las XIV centuria, debe ser la erección del hermoso castillo roquero, que cual altísima atalaya encargada de vigilar la costa desde el cabo de Quejo al Machichaco, levantó sus almenados adarves sobre los picachos de una peñasco que arraiga en lo elevado de la sierra, y asoma desde la abrupta montaña sobre los abismos del mar. ECHAVARRÍA, Javier: 1898. Recuerdos históricos castreños, Gráficas Marcal, Bilbao, p. 59.

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